3 martes
Verde / Blanco /Rojo
Feria
o SAN ÓSCAR, Obispo
o SAN BLAS, Obispo y Mártir
MR pp. 898 y 677 [937 y 693] / / Lecc. I p. 564
Era monje de una abadía francesa y fue enviado a misionar en
Alemania, desde donde proyectó la difusión del Evangelio en
Dinamarca y en Suecia. Fue nombrado obispo de Hamburgo
(821) y, después, de Bremen (847), y legado pontificio en todos los
países escandinavos (801-865). Su entrega a Cristo y su servicio
a los hermanos fueron siempre ejemplares.
ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Lc 12, 42
El siervo fiel y prudente fue constituido como padre de su
familia, para repartirles a su tiempo el alimento.
ORACIÓN COLECTA
Dios nuestro, que enviaste a tu santo obispo Oscar para evangelizar
a numerosos pueblos, concédenos, por su intercesión, caminar
siempre en la luz de tu verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu
Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y
es Dios por los siglos de los siglos.
PRIMERA LECTURA
[Hijo mío, Absalón, ojalá hubiera muerto yo en tu lugar.]
Del segundo libro de Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 30–19, 4
En aquellos días, después de haber sido derrotado por los
hombres de David, Absalón, su hijo, se dio a la fuga. Iba montado
en una mula, y al meterse la mula bajo las ramas de una frondosa
encina, a Absalón se le atoró la cabeza entre las ramas y se quedó
colgando en el aire y la mula siguió corriendo. Uno de los soldados
lo vio y le fue a avisar a Joab: “Acabo de ver a Absalón colgando
de una encina”. Joab se acercó a donde estaba Absalón, tomó tres
flechas en la mano y se las clavó en el corazón.
Mientras tanto, David estaba en Jerusalén, sentado a la puerta
de la ciudad. El centinela, instalado en el mirador que está
encima de la puerta de la muralla, levantó la vista y vio que
un hombre venía corriendo solo. Le gritó al rey para avisarle.
El rey le contestó: “Si viene solo, es señal de que trae buenas
noticias. Déjalo pasar. Tú, quédate ahí”. El centinela lo dejó
pasar y permaneció en su puesto.
El hombre que venía corriendo, que era un etíope, llegó a donde
estaba David y le dijo: “Le traigo buenas noticias a mi señor, el
rey. Dios te ha hecho justicia hoy, librándote de los que se habían
rebelado contra ti”. El rey le preguntó: “Pero, mi hijo Absalón,
¿está bien?” Respondió el etíope: “Que acaben como él todos
tus enemigos y todos los que se rebelen contra mi señor, el rey”.
Entonces el rey se estremeció. Subió al mirador que está encima
de la puerta de la ciudad y rompió a llorar, diciendo: “Hijo mío,
Absalón; hijo, hijo mío, Absalón. Ojalá hubiera muerto yo en tu
lugar, Absalón, hijo mío”.
Le avisaron entonces a Joab que el rey estaba inconsolable
por la muerte de Absalón. Por eso, aquella victoria se convirtió
en día de duelo para todo el ejército, cuando se enteraron de que
el rey estaba inconsolable por la muerte de su hijo. Por ello, las
tropas entraron a la ciudad furtivamente, como entra avergonzado
un ejército que ha huido de la batalla. Palabra de Dios.
SALMO RESPONSORIAL del salmo 85
R. Protégeme, Señor, porque te amo.
Presta, Señor, oídos a mi súplica, pues soy un pobre, lleno de
desdichas. Protégeme, Señor, porque te amo; salva a tu servidor,
que en ti confía. R.
Ten compasión de mí, pues clamo a ti, Dios mío, todo el día,
y ya que a ti, Señor, levanto el alma, llena a este siervo tuyo de
alegría. R.
Puesto que eres, Señor, bueno y clemente y todo amor con
quien tu nombre invoca, escucha mi oración y a mi súplica da
respuesta pronta. R.
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Mt 8, 17
R. Aleluya, aleluya.
Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros
dolores. R. Aleluya.
EVANGELIO
[¡Óyeme, niña, levántate!]
Del santo Evangelio según san Marcos 5, 21-43
En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado
del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente.
Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo.
Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia:
“Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que
se cure y viva”. Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y
lo apretujaba.
Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde
hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos
y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar,
había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por
detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo
tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente
de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.
Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de
él, se volvió hacia la gente y les preguntó: “¿Quién ha tocado
mi manto?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo cómo
te empuja la gente y todavía preguntas: “¿Quién me ha tocado?”
Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido.
Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender
lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad.
Jesús la tranquilizó, diciendo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en
paz y queda sana de tu enfermedad”.
Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron
de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: “Ya se murió
tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?” Jesús alcanzó
a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas,
basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañaran más que
Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto
de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y
les dijo: “¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está
muerta, está dormida”. Y se reían de él.
Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la
niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de
la mano y le dijo: “¡Talitá, kum!”, que significa: “¡Óyeme, niña,
levántate!” La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente
y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les
ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que
le dieran de comer a la niña. Palabra del Señor.
REFLEXIÓN:Leemos dos milagros de Jesús, incluido
uno en la narración del otro. En ellos encontramos dos
estilos de expresar la fe: abiertamente en un caso y,
como «a escondidas», en el otro. Creer en Jesús es la
condición indispensable para que Él realice la salvación
integral de la persona. De paso será aquí ocasión para
que Él reafirme la fe de algunos de los que Él escogió
como más cercanos, que luego lo acompañarán en
momentos muy significativos. Este poder curativo se
continúa en la Iglesia, que –sobre todo en la Palabra y
en los Sacramentos– nos facilita múltiples “contactos”
con nuestro Salvador.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Recibe, Señor, las ofrendas de tu pueblo, que te presentamos
en la festividad de san Óscar, y concédenos, como esperamos,
obtener por ellas el auxilio de tu misericordia. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Mc 16, 17-18
Éstos son los milagros que acompañarán a los que hayan creído,
dice el Señor: arrojarán demonios, impondrán las manos a los
enfermos, y éstos quedarán sanos.
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Señor Dios nuestro, alimentados con el Cuerpo y la Sangre
preciosos de tu Hijo, te pedimos que cuanto hemos celebrado
con fervor, lo recibamos como prenda de segura redención. Por
Jesucristo, nuestro Señor.